Experta del Banco Mundial: “Cuando el motor de la economía se para, muchos pueden volver a la pobreza”

Las cifras de la ONU son elocuentes. Hoy en día, la mitad de la población mundial -3.500 millones de personas- vive en zonas urbanas y unas 880 millones deben resistir relegadas en las privaciones de los barrios marginales. Las proyecciones de que esa cifra seguirá creciendo para 2030 lanzó a la acción a gobiernos, organizaciones sociales y entidades de créditos multilaterales detrás de una consigna básica: ¿Qué hacer? 

“Lo más lógico y simple es dotar a los asentamientos informales de acceso a viviendas, servicios públicos e infraestructura. Por supuesto que todo esto es importante y necesario, pero ahora sabemos que no alcanza, no es suficiente”, sostiene Carole Megevand, responsable del Programa de Desarrollo Sostenible del Banco Mundial para el Cono Sur, en diálogo con ambito.com.

La especialista, una de las panelistas de la conferencia “Desarrollo humano e inclusión social en un mundo crecientemente urbanizado”, organizada por la Universidad Católica Argentina en colaboración con FLACSO, explica que “lo que debemos lograr es que los asentamientos sean parte y no islas, que la gente que vive allí pueda aprovechar las oportunidades que ofrecen las ciudades. Tenemos que mirar todas las dimensiones que se necesitan para esa inclusión”.

“Los dos aspectos en la que tratamos de trabajar más, la inclusión social y económica, están pensadas como derechos que se dan a la gente, por ejemplo a la seguridad, a un ambiente que no sea peligroso, a la educación, a la salud”, enumera.

Ejemplos en distintos países dan cuenta del éxito de este enfoque en el abordaje. “En Jamaica hay un problema grande de violencia y crimen urbano, un estudio nos mostró que tiene un impacto enorme en la economía de 4% del PBI a nivel nacional”, grafica Megevand. Como en un círculo vicioso, “la gente se siente totalmente estigmatizada y abandonada, no puede materializar su potencial, baja la producción y hay menos inversiones. Nos dimos cuenta que para generar un ambiente menos peligroso se debía invertir en calles abiertas e iluminadas, pero también promover la asistencia a las familias y regenerar los vínculos sociales con la comunidad”. Las encuestas posteriores revelaron que la mayoría de los habitantes percibieron una notable mejoría en sus condiciones de vida.

“Esas nuevas dimensiones hablan del acceso al crédito, de fomentar los pequeños negocios, de facilitar los vínculos con las empresas que necesitan trabajadores. Saber dónde vive la gente y donde está el empleo, entonces si los viajes para llegar son muy largos habrá que mejorar el transporte público. Y si los costos de viajar son muy altos, los gobiernos locales deberán establecer una tarifa integrada, para que a esa franja de la población viajar mucho no le salga tan caro. De otro modo, se convierte en una barrera de acceso al trabajo”, advierte.

¿Cómo financiar? 

La funcionaria del BM, con misiones en más de 15 países en Latinoamérica, África y Medio Oriente, describe el financiamiento como uno de los grandes desafíos: “Tenemos que crear modelos más innovadores, porque se necesita mucho dinero y los bancos tenemos limitaciones, no podemos cubrir todo”.

Uno de los mecanismos más modernos consiste en valorizar terrenos que muchas veces escapan a un primer vistazo. “Si detectamos un espacio que tiene potencial de generar riqueza y actividad, efectuamos un plan de desarrollo para que pueda ser capitalizado y vendido, pero no al valor actual sino al futuro, y los ingresos obtenidos se reinvierten en otro proyectos”. Es un modelo que necesita una alianza con privados, “porque deben construirse accesos y rutas, inversiones que hay que hacer para permitir ese desarrollo”. Aclara además que se trata de “proyectos muy específicos, los que funcionan en Brasil quizás no logren trascender en Argentina y viceversa”.

En ese punto son vitales la gestión política y la estabilidad para atraer a los inversores. “Estos desarrollos necesitan tiempo y dinero para concretarse y generar ganancias, por eso precisan estabilidad a mediano plazo. Es clave mantener la institucionalidad pese a las distintas conducciones políticas, que los proyectos sobrevivan a los cambios es la única garantía a largo plazo”.

¿Cómo medir? 

De qué manera medir la prosperidad y la pobreza es uno de los grandes debates actuales. “Tenemos indicadores económicos muy básicos, hay toda una discusión sobre si el PBI es la mejor manera de refleja la riqueza de un país, porque hay muchos otros elementos que inciden para saber si una nación tiene una trayectoria de crecimiento sostenible. Si se tiene una visión focalizada en los indicadores económicos se corre el riesgo de desatender factores como el uso de recursos naturales, el crecimiento del capital humano, etc. Muchos economistas sugieren salir de esa visión estrecha”, dice.

Esa discusión también llegó a las estadísticas de pobreza realizadas en base a encuestas en los hogares, donde los parámetros de ingresos podrían resultar insuficientes para observar las distintas dimensiones del problema. En definitiva se trata de tener en cuenta una batería de factores, aunque la actividad económica siempre resultará fundamental para cualquier política de inclusión.

Como explica Megevand, “cuando una economía mejora beneficia a toda la sociedad, pero sobre todo a los más pobres. Pese a los esfuerzos, la desaceleración de la economía hace difícil la situación para todos y los grupos marginales directamente se quedan afuera. Una vez que el motor se para suceden dos cosas a la vez: muchos permanecen en la pobreza y muchos otros que salieron, sin una protección social suficiente, pueden regresar”.

Fuente: Ámbito.com – 11/09/2018