“Nueva Costa del Plata: si hay algo que nos han demostrado las últimas décadas del Siglo XX es que solamente con “urbanización” no se construye ciudad”

jaime-sorinPOR JAIME SORÍN, ARQUITECTO – En la edición anterior del ID Metropolitano publicamos una nota describiendo el proyecto Nueva Costa del Plata, planificado para las costas de Avellaneda y Quilmes por Oficina Urbana, a pedido de la empresa Techint propietaria de las tierras. En esta edición, presentamos sendas columnas de opinión, con voces a favor y en contra del proyecto.

Hacia 1950, mientras en ambas riberas del Riachuelo crecían los barrios industriales, el Municipio de Avellaneda se urbanizaba y desarrollaba rápidamente, elegido por los migrantes internos que encontraban allí trabajo y vivienda.  Se destacaba por la importancia de sus frigoríficos y establecimientos fabriles mientras que en la ribera del Río de la Plata, a la altura de Villa Domínico, decenas de quintas abastecían de hortalizas y frutas a la Capital y más de 70 bodegas familiares producían 3.000.000 de litros de vino “patero” por año.

En sus costas, el Balneario Municipal y los de los clubes Racing e Independiente eran lugar de veraneo  y sus canales, territorio de pescadores.

La política económica impuesta por la dictadura militar desde 1976 arrasó con todo esto provocando el cierre de fábricas y frigoríficos y, siguiendo las teorías del Intendente Brigadier Cacciatore y su Secretario de Obras Públicas Guillermo Laura para lograr una “ciudad blanca”, expulsaron primero a la población de las villas y luego decidieron tirar la basura en la provincia de Buenos Aires. Así crearon el CEAMSE (Cinturón Ecológico Área Metropolitana Sociedad de Estado) junto con el gobierno de la Provincia en 1977, eligiendo para disponer la basura en el Sur del Gran Buenos Aires una parte de la zona de quintas de Villa Domínico que se convirtió en el relleno sanitario más grande del país. Desalojados a tiros parte de los antiguos moradores que se resistían, en poco tiempo y con los buenos oficios del Alte. Massera,  SYUSA (Saneamiento y urbanización Sociedad Anónima) empresa del grupo Techint, tomó a su cargo el relleno por 20 años, con el compromiso de recuperar y forestar las tierras.

Como retribución recibiría un porcentaje de las tierras rellenadas y luego mediante otro contrato en 1993 – en pleno menemismo – se le adjudicaron en propiedad tierras no afectadas por estos trabajos y que son parte de la Selva Marginal Costera, liberándola de la obligación de forestar y dar infraestructura a la zona.

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Sobre estas 230 has recibidas gratuitamente, en su momento declaradas Parque Natural y Zona de Reserva Ecológica por el Municipio de Quilmes, se pretende desarrollar el emprendimiento inmobiliario denominado “Nueva Costa del Plata”.

Más allá de todas las irregularidades que presuntamente aparecen en la conformación de los terrenos afectados nos detendremos en las argumentaciones que respaldan al Proyecto.

La primera que encontramos es «Queremos construir una ciudad que tenga la misma estructura de barrio abierto de Puerto Madero”. (Ernesto Rona, gerente de Recursos Humanos del grupo Techint).

La que sigue «El eje de este proyecto es que va a ser un barrio más de la ciudad. Cualquier vecino podrá llegar, estar y disfrutar del lugar”. (Mónica Capellini, secretaria de Producción, Política Ambiental y Empleo de Avellaneda.)

Y por fin el eje conceptual que plantea uno de los autores, el Arq. Fabio De Marco: imaginar a Nueva Costa del Plata desde la propuesta de “una ciudad abierta”.

La primera afirmación nos enfrenta con la idea que la construcción de ciudad puede materializarse por la mera voluntad. Es decir, suponer que una ciudad puede imaginarse por fuera de la historia, más allá de las tradiciones culturales y por simple atrevimiento proyectual o inmobiliario. Si hay algo que nos han demostrado las últimas décadas del Siglo XX es que solamente con “urbanización” no se construye ciudad, y que justamente Puerto Madero es el ejemplo negativo de lo que sucede cuando un proyecto urbano se estructura desde la homogeneidad social y la exclusión.

Es difícil definir a Puerto Madero como un barrio si por esto entendemos un territorio con identidad, un espacio que dé lugar al intercambio cotidiano, espontáneo, a un sitio en el que sucedan los encuentros y desencuentros que cualquier calle porteña es capaz de recibir. Como podría transcurrir en este barrio sin esquinas el verso de Cátulo Castillo: Una calle… Un farol… Ella y él…, arrasados por el viento que atraviesa las avenidas. Este es el modelo que en cada imagen y cada declaración se nos quiere transmitir apoyado en un imaginario de prestigio que se supone replicable.

Aquí nos conectamos con la segunda aseveración y reparando en el master plan tratemos de imaginarnos cómo un vecino cualquiera podrá llegar desde la Estación Avellaneda o desde San Francisco Solano hasta la costa del Río de la Plata. ¿Cuántas líneas de transporte público circulan por la Autopista? ¿Qué distancia hay que atravesar para llegar a la “Nueva Costa” plantada detrás de los actuales rellenos del CEAMSE y cómo lo hacemos sin apelar al vehículo privado?

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Estos temas no parecen ser de interés para los proyectistas que plantean su trama vial, en un alarde de transposiciones desde Deleuze a los restos del Parque Ribereño, como rizomática. Con esta figura -que parece tener un aire de futuro- se enmascara uno de los objetivos evidentes y que es justamente la ruptura del espacio urbano como lugar de intercambio cultural, y la imposición de un sistema circulatorio inconexo que evita la integración con las estructuras históricas del entorno metropolitano y la construcción de centralidades imprescindibles para la vida urbana democrática.

“Llegar, estar y disfrutar” se nos dice. Ya vimos cómo no podremos llegar; y estar y disfrutar ¿adónde? Nada nos indica en renders y animaciones que pueda hacerse realidad la construcción de  un espacio público polivalente y de calidad que permita la diversidad de usos y la reapropiación de la costa por el colectivo social. Por el contrario, las imágenes nos transmiten una enorme sensación de anomia y aislamiento en la cual el paisaje no es más que un argumento de venta para las 8000 viviendas que seguramente correrán la misma suerte que las de Puerto Madero, desocupadas en un 70% sin ningún castigo, cuando el déficit habitacional alcanza en la Ciudad de Buenos Aires al 25% de la población y en la Provincia, a 900.000 unidades.

Por último, la apelación al concepto de Ciudad Abierta en substitución del ya desprestigiado nombre de Barrio Cerrado o Privado a través del cual se ha venido destruyendo la urbanidad del Gran Buenos aires en las tres últimas décadas. Ya otros autores han estudiado con detenimiento este proceso por el cual se han multiplicado los emprendimientos que embisten sobre las áreas costeras, los humedales, las islas, y todo recurso natural que por su accesibilidad relativa permita grandes ganancias a la alianza que se ha producido entre el capital inmobiliario y el excedente de la renta agraria magnificado estos años.

Es evidente en nuestro caso que detrás de las manifestaciones de rescate del paisaje costero y de la repetición de la palabra “integración” estamos simplemente frente a una brutal expropiación de tierras públicas, la ocupación de un territorio, el exterminio de una historia. No hay nada de abierto en estos lugares donde nada quedará librado a la espontaneidad, parque temático en el que lo público es sólo espectáculo; barrios abiertos….al público.

En momentos en que en la Provincia se discute el Proyecto de Ley de Promoción del Hábitat Popular que reivindica el derecho a la ciudad y a la vivienda, la función social de la ciudad y de la propiedad y la gestión democrática de la ciudad, y que desde el Gobierno Nacional se impulsan políticas que van achicando la brecha de desigualdad promoviendo la inclusión y la justicia social, es apropiado que nos empecemos a plantear cuál debe ser el rol del Estado frente a la especulación inmobiliaria, particularmente a estas grandes inversiones que sólo apuntan a la revalorización de tierras mediante operaciones de marketing y que no llevan ningún beneficio para las comunidades en las que están insertas.

Jaime Sorín, ex decano de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la UBA