Vivir bajo la autopista Illia: sin luz ni ventilación ni deseos de mudarse

2017/06/21 | Dimensión Social

autopista-illiaLa Ciudad planea construir un parque y antes debe desalojar a unas 1.000 familias. Les ofrecen casas nuevas a pagar con créditos pero ellos tienen miedo de perder el lugar y sus trabajos en la villa.

Con el High Line neoyorquino en mente, el Gobierno porteño busca consenso para desalojar el bajo autopista de la Illia y discontinuar el tránsito para construir allí un parque elevado. Así pretenden sumar espacios verdes a uno de los sitios con menor cantidad por habitante. Más de 43 mil personas componen hoy el universo de las villa 31 y 31 Bis de Retiro. El plan comprende la relocalización de alrededor de 1.000 familias que actualmente viven en el bajo autopista. Sin luz, sin ventilación y en pésimas condiciones de habitabilidad, las casas que se apiñan debajo de la Illia podrían quedar vacías.

En este punto, la Ciudad negocia a contrarreloj con los vecinos para que dejen sus casas y acepten mudarse al otro extremo de la villa -a terrenos recientemente adquiridos a YPF-, en donde se prevé construir viviendas nuevas en compensación, a pagar con créditos a 20 o 30 años.

En paralelo, las obras de la “nueva Illia” ya arrancaron. Se trata de un tramo que tendrá 1,9 kilómetros de extensión, desde el actual enlace con la 9 de Julio hasta el peaje. Tendrá accesos desde Carlos Pellegrini, Avenida del Libertador y Callao; y cuatro bajadas hacia la Ciudad también en Callao, Rodríguez Peña, Libertad y Cerrito. Desde fin de mayo, AUSA (la empresa de la Ciudad que administra las autopistas) trabaja sobre la vía rápida Facundo Quiroga, por eso, está cerrada al tránsito; por allí correrá un tramo de la Illia a nivel del suelo.

Mientras ésta y otras obras se suceden en ambas villas, el barrio que late bajo la “vieja” Illia, se llenó de interrogantes. ¿Qué opinan los vecinos sobre los planes de la Ciudad? En una recorrida Clarín recogió diferentes puntos de vista, pero existe una sensación de incertidumbre que los vincula a todos. Está claro que el Gobierno porteño tendrá que dar batalla y trabajar intensamente para lograr el consenso. En rigor, casi no se alzan voces vecinales a favor de la mudanza. Y cada cual tiene sus razones.

Hay familias que tienen hasta 40 años en la villa. Una de ellas es la de Chiki. “Mi familia resistió el desalojo de la dictadura militar. Nos fuimos mudando de barrio en barrio, algunos volvieron a Perú y no regresaron. Otros se fueron pero volvieron. La villa es nuestro barrio y aquí hemos crecido, los chicos a la escuela y los mayores trabajando. Mi pizzería es la más famosa del barrio. Desde que existe este proyecto de mudarnos a todos, me pregunto quién soy sin mi local, sin mi fuente laboral”, dijo Chiki a Clarín. Extrovertido y simpático, el hombre defiende su espacio vital: no se hace autobombo cuando asegura que su pizzería es la más famosa de la villa. Además de pizza a la piedra, sirven calzones, empanadas y tartas.

La preocupación es la misma que comparten todos los vecinos que tienen sus locales debajo de la autopista. Hay peluquerías, almacenes, consultorios odontológicos, bares y restaurantes, verdulerías, carnicerías, bazares y de indumentaria, entre otros. Y hasta la policía tiene debajo de la Illia un destacamento. “Quizá lo que el Gobierno porteño no tiene claro es que este es el corazón de la villa”, opina Alejandro López, al frente de su almacén. Y se pregunta: “¿A quién le vamos a vender si nos mudamos? Nuestra economía familiar depende de nuestros locales”.

El conflicto involucra también otros intereses. Son los de aquellas familias que lograron construir en altura para alquilar algunas de las habitaciones y generar un ingreso extra; una habitación mínima, sin baño, tiene un costo de alrededor de $1.000 por semana. Y estas familias que alquilan se sienten invisibilizadas, porque muchas no han sido censadas.

El otro conflicto tiene que ver con la legalización de los locales, que pasarían a tributar y a ser controlados por la Ciudad.

Diego Fernández, el Secretario de Integración Social y Urbana, coincidió en que existe mucha incertidumbre: “Es lógico. Por eso, hacemos reuniones semanales con los vecinos. Arrancamos en 2016 y sabemos que es un trabajo que va a llevar tiempo. Hemos realizado muchas modificaciones en las viviendas que proyectamos originalmente, en función de lo que la gente necesita. Serán viviendas grandes, bien ventiladas, con luz y buenas condiciones de habitabilidad, lo que hoy no tienen en el bajo autopista”, aseguró el funcionario. En cuanto al tema laboral, aseguró que el nuevo barrio tendrá una arteria comercial y estará ubicado junto al nuevo Ministerio de Educación porteño, al que llegarán 3.000 personas todos los días a trabajar.

Sergio Chávez es peruano (de Trujillo) y trabaja en un lavadero: “Hace un año que llegué a la villa, trabajo y vivo debajo de la autopista. En un año logré instalarme, tener un sueldo e inscribir a mi hija en una escuela pública. Comparto la gran preocupación que tienen todos, especialmente los que alquilamos, el miedo a quedarte sin nada”, le contó a Clarín. “En mi caso, me da terror pensar que puedo quedar en la calle otra vez”, agregó.

Viudo, está a cargo de su hija, Melanie Nicole, de doce años. Su día arranca bien temprano pero nunca sabe cuando asomó el sol, si llueve, si está nublado. En el bajo autopista reinan una oscuridad y una humedad permanentes. Pese a las malas condiciones, muchos prefieren lo conocido.

Fuente: Clarín