Por Luz Quintana Becerro
Argentina vuelve a tomar postura en medio de la creciente escalada internacional entre Estados Unidos, Israel e Irán. En el gobierno de Javier Milei, la política exterior Argentina parece atravesar un proceso de redefinición. Se dejó de lado la ambigüedad y se alineó claramente con Donald Trump, respaldando de forma explícita a Israel y adoptando una postura cada vez más dura frente a Irán.
Este giro no es menor, reabre una discusión que atravesó parte de la historia argentina: qué lugar ocupar en los conflictos internacionales. Pero también obliga a revisar una idea bastante instalada sobre la aparente neutralidad histórica de Argentina.
Una neutralidad relativa
Durante la Primera y Segunda Guerra Mundial, Argentina sostuvo su postura de neutralidad evitando involucrarse en ambos conflictos, principalmente con el objetivo de mantener los vínculos económicos con los bloques. Más adelante, en el contexto de la Guerra Fría, se movió con cautela entre las tensiones de las potencias. Sin embargo, el patrón de aparente neutralidad de la época no fue absoluto, estuvo atravesado por disputas internas y cambios de gobierno. Incluso tuvo excepciones claras como la Guerra de Malvinas. Esta, constituye un episodio de involucramiento directo en un conflicto bélico, que respondió más a una lógica interna del régimen militar que a una estrategia internacional sostenida.
Más allá del caso Malvinas, y lejos de una neutralidad estricta, se puede identificar una tendencia a evitar compromisos fuertes en conflictos externos, priorizando la gestión de problemas domésticos.
Es en la década de los 90 que se da una ruptura de esta tradición de aparente neutralidad. Con la finalización de la Guerra Fría y un marco más amplio de reformas económicas, el gobierno de Carlos Saúl Menem configura un cambio de orientación más explícito, alineándose a Estados Unidos, en sintonía con los lineamientos del consenso de Washington, un conjunto de recomendaciones económicas orientadas a la reducción del rol del estado y a la apertura de los mercados. Este giro se expresó, entre otras decisiones, en la participación del país en la Operación Escudo del Desierto, apoyando directamente a Estados Unidos contra Irak. La participación Argentina en esta iniciativa marca un punto de inflexión en su posicionamiento internacional, el país dejó de observar desde afuera y pasó a involucrarse en un conflicto.
El alineamiento hacia occidente en materia de política exterior no solo responde a intereses políticos y económicos del gobierno, también redefine los riesgos que el Estado debe gestionar. Es en este contexto que se produjeron los atentados contra la Embajada de Israel en Argentina y la AMIA, estos eventos introdujeron de manera directa las problematicas del terrorismo internacional en Argentina. Si bien no hay una relación directa comprobada entre estos hechos y el alineamiento internacional, la coincidencia en el tiempo dejó una marca. Desde entonces, cada discusión sobre política exterior vuelve de algún modo a la pregunta: qué costos puede tener tomar partido.
Durante los años posteriores a la presidencia de Menem, ningún gobierno sostuvo un alineamiento tan explícito con alguna potencia como en los 90. La política exterior argentina osciló entre autonomía y alineamiento, las relaciones internacionales variaron según los contextos políticos e internacionales, las prioridades de gobierno y alianzas establecidas en cada periodo. Entre los acercamientos y tensiones de la época, Estados Unidos, Israel e Irán continuaron formando parte de la agenda, pero sin convertirse en ejes determinantes de la política exterior.
El regreso del alineamiento
El escenario actual marca un cambio. Parecemos observar un regreso a los 90: políticas neoliberales, achicamiento del estado y un alineamiento con Estados Unidos. El gobierno de Javier Milei retoma iniciativas viejas en un contexto internacional muy diferente.
El conflicto actual entre Estados Unidos, Israel e Irán es resultado de una escalada reciente que se origina en una rivalidad de larga data. Israel considera que Irán es una amenaza por su programa nuclear y su apoyo a grupos armados en la región, como Hamás y Hezbolá. Estados Unidos es un aliado histórico de Israel, y mantiene también una relación tensa con Irán, quien ve a Israel y a Estados Unidos como adversarios estratégicos. Esta rivalidad se desarrolló por años a través de conflictos indirectos, sin embargo en el último tiempo escaló hasta ataques militares directos que aumentan el riesgo de una escalada aún mayor, que no solo implicaría consecuencias en los países involucrados, sino que amenazaría el equilibrio global.
Si bien Estados Unidos vuelve a ser el socio central de Argentina, el vínculo que se establece con la potencia es ahora más explícito e ideológico. También se suma Israel, quien hoy ocupa un lugar mucho más protagónico, definido como un “aliado estratégico”, algo que no había ocurrido con ese nivel de centralidad en etapas anteriores. Y por otro lado, este posicionamiento incluye una definición más clara de los adversarios. Irán aparece señalado como actor hostil en un contexto internacional mucho más inestable que el de hace 30 años.
Además, aparece un elemento nuevo en la política exterior: el uso de los atentados de los años noventa como argumento para justificar el alineamiento actual. En distintas intervenciones, Milei vinculó los ataques contra la Embajada de Israel y la AMIA con la necesidad de definir aliados y enemigos. De este modo, estos hechos dejan de ser solo un antecedente judicial o de seguridad y funcionan como base para tomar posición en el escenario internacional. En la práctica, implica una nueva lectura del pasado que no solo explica el presente, sino que también influye en las decisiones y en los riesgos que el Estado está dispuesto a asumir.
Finalmente, este posicionamiento no se limitó solo al plano discursivo. En las últimas semanas el gobierno avanzó con medidas concretas como la decisión de declarar a la Guardia Revolucionaria Islámica como organización terrorista, y posteriormente, la expulsión del encargado de negocios de Irán en el país Mohsen Soltani Tehrani. Estas acciones representan decisiones concretas que configuran una intervención diplomática directa, reforzando la definición de los adversarios y dejando atrás la ambigüedad en la política exterior argentina.
Qué implica tomar postura
A diferencia de los 90, el escenario mundial actual está más fragmentado. Los conflictos son difusos, combinan dimensiones militares, políticas, tecnológicas y religiosas, a la vez que los organismos internacionales tienen menor capacidad de contener escaladas. En este marco, Argentina se está alineando, pero en un contexto donde las posibles consecuencias son más difíciles de anticipar y los riesgos implican mayores costos para asumir.
La pregunta entonces es: ¿qué capacidades posee Argentina para manejar los riesgos asociados a conflictos bélicos ajenos? A diferencia de los actores directamente involucrados, los recursos militares son limitados y nuestro sistema de defensa está orientado principalmente a funciones de control territorial. A esto se suma una situación económica que condiciona cualquier estrategia de acción militar internacional.
El reciente realineamiento con Estados Unidos también presenta una dimensión concreta de costos y beneficios. Si bien permite acceder a financiamiento internacional y respaldo político, clave para sostener la estabilidad económica a corto plazo. También implica un mayor grado de exposición en el plano internacional, una reducción de los márgenes de autonomía en el largo plazo y el sacrificio de otras vías de inserción internacional, como los BRICS. Ocurre que no todo alineamiento es equivalente. Una cosa es establecer vínculos económicos o políticos que respondan a intereses propios; y otra muy distinta es subordinar la política exterior a conflictos e intereses ajenos a la vez que se dejan pasar oportunidades de diversificar las alianzas y dispersar la dependencia en un grupo más amplio de actores.
En este contexto, definirse en una guerra puede tener efectos que trascienden lo diplomático. Puede implicar exposición a tensiones, presiones o escenarios conflictivos para los que el estado no necesariamente está preparado. Si bien Argentina no parece estar amenazada de manera directa, si está expuesta, y esta exposición es resultado de una política exterior guiada por intereses ajenos. Al ocurrir esto, el país no solo asume riesgos que no generó, sino que lo hace con escasa capacidad de incidir en esos escenarios.
A lo largo de su historia, la Argentina ha oscilado entre distintas formas de vincularse con los conflictos internacionales, sin consolidar una postura única. En este recorrido, la idea de neutralidad resulta más una tendencia que una regla. El retorno a un posicionamiento más explícito plantea preguntas para pensar la política exterior, la cuestión ya no es sobre si alinearse o no, sino sobre con quién alinearse, por qué, en qué contexto y qué capacidades se poseen para asumir los corolarios de esa decisión.




















