La ciudad y el comercio online: las plataformas están transformando el comercio urbano - Informe Digital Metropolitano

La ciudad y el comercio online: las plataformas están transformando el comercio urbano

Por Victoria Anahí Rosas.

Durante décadas, el comercio urbano se organizó en torno al local físico. Calles comerciales, centros barriales y grandes superficies definían no sólo dónde se compraba, sino también cómo se vivía la ciudad. Hoy, esa lógica está cambiando rápidamente. El crecimiento del comercio digital, las plataformas de delivery y el llamado quick commerce están modificando hábitos de consumo y, con ellos, la estructura misma del espacio urbano.

Los datos muestran la magnitud del fenómeno. En los últimos años, el consumo en supermercados tradicionales ha caído mientras crecen con fuerza los marketplaces y las plataformas digitales. Las plataformas de delivery ya canalizan una porción creciente de las compras cotidianas, impulsadas por la conveniencia, la rapidez y la expansión de servicios que prometen entregas en minutos. Los usuarios cada vez más exigen entregas ultrarrápidas de alimentos y artículos básicos. Lo que antes implicaba un recorrido físico, es decir, ir al almacén de la esquina, al supermercado o al shopping, hoy se resuelve desde el celular.

Este cambio tecnológico impacta en la configuración del espacio. El comercio ya no se organiza necesariamente en torno a un lugar visible, accesible y abierto al público. En su lugar, comienza a estructurarse a partir de redes logísticas distribuidas, depósitos urbanos y nodos de distribución invisibles para el consumidor.

Del local a la logística

Uno de los fenómenos más visibles de esta transformación es la aparición de las llamadas dark stores y dark kitchens. Se trata de espacios cerrados al público que funcionan exclusivamente para abastecer pedidos online. A diferencia del comercio tradicional, donde el local cumple funciones comerciales, sociales y urbanas, estos nuevos formatos priorizan la eficiencia logística por sobre la interacción con el entorno.

Las dark kitchens y dark stores se han consolidado como un negocio altamente rentable, capaz de generar  millones de dólares a partir de una lógica productiva distinta a la del comercio tradicional. Al operar sin salón ni atención al público, reducen significativamente costos fijos, como alquileres en zonas premium, personal y mantenimiento, y pueden concentrar la producción de múltiples marcas en un mismo espacio, lo que permite escalar el volumen de ventas. Estas cocinas pueden llegar a procesar entre 500 y 600 pedidos diarios, apoyadas en el uso intensivo de datos para anticipar la demanda y optimizar la producción en tiempo real. Esta combinación de eficiencia operativa y gestión algorítmica de la demanda convierte a estas infraestructuras en unidades altamente competitivas dentro del ecosistema de plataformas, explicando su rápida expansión y su capacidad para generar grandes ingresos en el corto plazo. 

En Buenos Aires, este proceso ya es observable. Barrios residenciales comienzan a alojar depósitos de última milla, cocinas sin salón y puntos de retiro que no responden a la lógica comercial clásica. Un caso concreto es Arepas Dark Kitchen, ubicada en Caballito, sobre una calle común de barrio. Funciona sin salón ni atención al público, únicamente a través de aplicaciones como Rappi. Instalada en un entorno residencial típico, su lógica no es atraer peatones, sino optimizar tiempos de entrega y cercanía a zonas donde se concentra la demanda. 

Empresas como Kitchenita o Markopolis también han instalado cocinas en barrios como Villa Crespo, La Paternal o Almagro, elegidos por su centralidad logística más que por su valor comercial en términos tradicionales. Muchas de estas cocinas se ubican incluso en calles secundarias o zonas con poca oferta gastronómica visible. 

A su vez, en Olivos (Municipio de Vicente López, PBA) se encuentra una dark store de PedidosYa, un microdepósito sin atención al público, dedicado exclusivamente a preparar pedidos. Este opera como nodo logístico de última milla y no como un local comercial tradicional. En este sentido, estas instalaciones no son excepcionales: las plataformas están reconfigurando la ciudad al introducir nuevas capas de infraestructura que reorganizan flujos, tiempos y usos del suelo. 

En este contexto, la proximidad ya no depende tanto de la distancia física como de la capacidad logística de las plataformas para llegar con rapidez. La ciudad, en cierto sentido, deja de ser el escenario del comercio para convertirse en parte de su funcionamiento, esto es: una plataforma donde circulan bienes, datos y servicios. 

La ciudad como plataforma

Este fenómeno se inscribe en un proceso más amplio que Jorge Sequera denominó en 2024 “plataformización de la vida urbana”. No se trata solo de la digitalización de servicios existentes, sino de la reorganización de la forma en que la ciudad opera. Las plataformas no solo intermedian transacciones, sino que también estructuran mercados, coordinan actores y optimizan flujos en tiempo real. 

En el comercio urbano, esto implica que decisiones como dónde abrir un local o qué stock tener ahora se concentran en algoritmos que gestionan la demanda, los tiempos de entrega y la localización de recursos. Aunque este fenómeno se observa con claridad en ciudades europeas y norteamericanas, su impacto en América Latina presenta particularidades. La alta densidad urbana, la desigualdad territorial y la informalidad económica hacen que la expansión de plataformas tenga efectos más intensos y, muchas veces, más desregulados.

Tensiones en el territorio

La transformación del comercio urbano, lógicamente, genera tensiones que atraviesan múltiples dimensiones. En primer lugar, plantea desafíos para el comercio tradicional. Los pequeños negocios de cercanía enfrentan una competencia creciente de plataformas que operan con economías de escala, acceso a datos y capacidad logística difícil de igualar. Esto puede afectar la vitalidad de los centros comerciales barriales, que cumplen un rol clave en la vida urbana.

En segundo lugar, aparecen impactos sobre el espacio público y el entorno urbano. El aumento de repartidores, vehículos y operaciones logísticas genera nuevas dinámicas de circulación y ocupación del espacio. Las dark stores, por ejemplo, suelen instalarse en zonas residenciales sin una regulación específica, pudiendo generar tensiones por ruidos, tránsito o cambios en el uso del suelo.

También hay implicancias laborales. El modelo de plataformas se apoya en formas de trabajo flexibles, muchas veces precarias, que plantean interrogantes sobre derechos laborales, protección social y sostenibilidad del modelo en el largo plazo.

Por último, se profundizan desigualdades territoriales. Las plataformas tienden a concentrarse en áreas de alta densidad y poder adquisitivo, donde la demanda justifica la inversión logística. Esto puede dejar a otros sectores urbanos con menor acceso a estos servicios, reforzando brechas existentes.

¿Qué hacer ante la transformación?

Frente a este escenario, el desafío no es frenar la innovación. La transformación del comercio urbano plantea la necesidad de repensar herramientas de política pública que permitan integrar estas nuevas dinámicas en una visión más amplia de la ciudad.

Una primera línea de acción tiene que ver con la regulación del uso del suelo. Las ciudades necesitan definir criterios claros para la localización de dark stores, cocinas ocultas y centros logísticos urbanos, evitando conflictos con áreas residenciales y garantizando una distribución equilibrada en el territorio.

También es necesario avanzar en la gestión de la logística urbana. Requiere políticas que ordenen la circulación, reduzcan impactos ambientales y mejoren la convivencia en el espacio público. Esto incluye desde infraestructura específica hasta incentivos para modalidades más sostenibles.

Otro eje clave es la protección del comercio de proximidad. No se trata de oponerse a las plataformas, sino de generar condiciones para que los comercios locales puedan integrarse a estos nuevos ecosistemas, accediendo a herramientas digitales y manteniendo su rol en la vida barrial.

En este sentido, algunas experiencias muestran caminos posibles. La expansión del delivery también ha permitido que pequeños comercios amplíen su alcance, incorporando canales digitales sin perder su anclaje territorial. La economía digital no necesariamente reemplaza al comercio físico, sino que puede complementarlo, generando nuevas formas de interacción entre lo online y lo offline.

Gobernar la ciudad de las plataformas

La transformación en curso está redefiniendo cómo compramos, cómo nos movemos y cómo se organiza el espacio urbano. Pero, sobre todo, plantea una pregunta de fondo: ¿quién organiza la ciudad en la era de las plataformas?

Aparece la oportunidad de construir un nuevo equilibrio donde la innovación tecnológica se integre con objetivos de planificación urbana, equidad territorial y calidad de vida. El comercio urbano ya no es solo una cuestión de locales y clientes. Es una red compleja de datos, infraestructuras y decisiones que atraviesan toda la ciudad. 

El desafío es que esta transformación se integre en una agenda pública que ordene, regule y aproveche sus beneficios. Porque lo que está cambiando no es solo cómo compramos, sino cómo se organiza la ciudad en los próximos años.